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El trastorno bipolar, la enfermedad de las emociones

Publicado el 16/09/2016

El 4 de octubre, la Fundación Ramón Areces organiza un Simposio Internacional dedicado a 'El trastorno bipolar, la enfermedad de las emociones, en el siglo XXI'. Su coordinador, el doctor Jerónimo Saiz Ruiz, Jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Ramón y Cajal y Catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Alcalá de Henares, nos explica en este artículo por qué es tan importante encarar una patología que afecta ya al 2% de la población y que en ocasiones tarda diez años en diagnosticarse.

Se denomina Trastorno Bipolar a una enfermedad psiquiátrica que se caracteriza por oscilaciones bruscas en el estado de ánimo, con periodos de depresión que alternan con otros de euforia y activación nerviosa. Es una entidad que se ha identificado años atrás como Psicosis Maniaco-Depresiva, - aludiendo a su gravedad (las 'psicosis' implican una ruptura con la realidad; las dos psicosis características son la Esquizofrenia y el Trastorno Bipolar) -, aunque su curso evolutivo permite en general una recuperación entre los episodios que admite mejor funcionalidad y autonomía, especialmente con un tratamiento adecuado.

El Trastorno Bipolar está de moda y ha pasado de ser un desconocido, excepto para profesionales y afectados, a aparecer en las páginas del corazón por implicar a personajes famosos o ser citado en los medios para justificar determinadas conductas o actitudes. También se ha reconocido su existencia en niños y adolescentes, lo que antes era una rareza.

Es una enfermedad que típicamente aparece en la primera juventud y presenta manifestaciones a lo largo de la vida. Afecta a más de un 2% de la población y sus consecuencias pueden ser importantes si no se aborda con los medios necesarios.

Los síntomas parecen bastantes obvios: los episodios de Depresión cursan con tristeza intensa; pérdida de ilusión, satisfacciones, vitalidad y energía; baja autoestima; ideas de culpa y auto-reproches; angustia; molestias físicas (dolor, falta de apetito, sensación de mareo,…); desesperanza, que puede llegar a la falta de deseo de seguir viviendo y al consiguiente riesgo de conducta suicida…, en contraste con los de euforia, que llamamos fases maniacas (del griego clásico: μανία, que significa furor, locura…) o hipomaniacas (si son de menor intensidad), que se caracterizan por la hiperactividad, falta de necesidad de sueño, verborrea, pensamiento rápido, saltón, llegando a la 'fuga de ideas', impulsividad, desinhibición en diferentes áreas (gastos excesivos, conducta promiscua…) y en los casos más graves ideas delirantes, que pueden ser congruentes con el ánimo elevado (grandiosidad, omnipotencia…) o incongruentes, con falsos juicios e interpretaciones de distintos temas como persecución, influencia o vigilancia. En estos enfermos, muchas veces con importantes alteraciones en su conducta y con nula conciencia de enfermedad o necesidad de ayuda, se requiere frecuentemente la hospitalización, como un modo inevitable de poder afrontar el manejo y también para la protección del caso y de su entorno. En ocasiones ambos tipos de síntomas se mezclan, manifestándose conjuntamente, dando origen a lo que llamamos 'estados mixtos'.

A pesar de estas formas de expresión tan típicas, espectaculares y patentes, la mayor parte de las veces se llega al diagnóstico, y por tanto al tratamiento, con gran retraso (cercano a los diez años de media, desde la aparición de los primeros síntomas) lo que empeora el pronóstico, del mismo modo que lo hacen las complicaciones, como patología asociada somática y/o psíquica o el abuso de alcohol o drogas.

La buena noticia es que disponemos hoy de gran cantidad de datos procedentes de la investigación que abarcan aspectos que van desde la neuropsicología, los trastornos cognitivos, la genética molecular, la neuroimagen funcional… que nos van aportando información y conocimiento sobre un tema tan complicado y apasionante como es el de la regulación de nuestros sentimientos y emociones, que se produce en nuestro sistema nervioso central a través de mecanismos de interconexión y modulación enormemente complejos. También la incorporación de nuevas posibilidades de tratamiento, tanto desde el ámbito psicológico, con la psicoeducación o las técnicas de remediación cognitiva, como a través de la farmacología. En efecto, desde la introducción de las sales de litio como producto específico antimaniaco, a partir de las sagaces observaciones de un psiquiatra australiano, John Cade, en los años 40 del siglo pasado, se han ido incorporando distintos medicamentos, algunos antiepilépticos y antipsicóticos, que han mostrado capacidad para tratar las fases agudas de la enfermedad y, lo que es más importante, también para prevenir la aparición de nuevas recurrencias de la misma. Son fármacos (en el caso del litio, mejor deberíamos decir que es un producto natural ya que es uno de los elementos químicos simples) en general con un manejo delicado por su posible generación de efectos adversos, desaconsejados en el embarazo o por su toxicidad en sobredosis. Muchas veces su mantenimiento a medio o largo plazo en planes de profilaxis de nuevas crisis y estabilización del curso es difícil por la propia psicopatología o por mala tolerancia y aceptación.

Por tanto es crucial mejorar la detección precoz del trastorno, implementar los medios de tratamiento indicados y lograr una buena adherencia del paciente y sus familiares para poder minimizar los efectos discapacitantes de una evolución no controlada.

Por el Dr. Jerónimo Saiz Ruiz
Jefe de Servicio de Psiquiatría
Hospital Universitario Ramón y Cajal
Catedrático de Psiquiatría
Universidad de Alcalá de Henares
Madrid.


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