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La democracia en las urnas. Cuando el sistema se convierte en el objeto de debate

Humanidades Publicado el 15/05/2024

Michael Ignatieff, Premio Princesa de Asturias en Ciencias Sociales 2024, ha ofrecido varias recetas para mejorar el actual sistema en una conferencia en la Fundación Ramón Areces

 

Madrid. 15 de mayo de 2024. “El autoritarismo es una tentación y un peligro precisamente porque siempre llega disfrazado de democracia”. Es la advertencia que ha lanzado el escritor, historiador y ex político canadiense Michael Ignatieff en su conferencia ‘La democracia en las urnas: cuando el sistema se convierte en el objeto de debate’, organizada en la Fundación Ramón Areces con el Instituto Minda de Gunzburg Center for European Studies de la Universidad de Harvard. Ignatieff, que en la actualidad es catedrático de Historia y Rector Emérito de la Universidad Centroeuropea de Viena, también ha ofrecido unas cuantas recetas para mejorar el sistema democrático. “Aquí, los politólogos, los estudiosos que se ganan la vida pensando en el sistema, pueden marcar la agenda. Ya sea institucionalizando asambleas ciudadanas, elegidas por sorteo, o dando a los ciudadanos la posibilidad de votar en línea para asesorar a los legisladores sobre decisiones de política pública”, ha destacado Ignatieff, licenciado en Historia en la Universidad de Toronto y doctorado en la Universidad de Harvard.

“Muchas democracias necesitan comisiones de ética para regular las controversias públicas sobre el comportamiento de los políticos.  En otros países, Canadá por ejemplo, los cambios en los sistemas de votación, pasando del sistema de mayoría simple al proporcional, mejorarían la representación regional. En otros países, como Bélgica o los Países Bajos, la modificación de los umbrales a partir de los cuales los partidos pueden obtener representación en el Parlamento podría ayudar a estas democracias a formar gobiernos estables con mayor facilidad”. Esas ideas para mejorar el actual sistema político también han llegado a Estados Unidos: “La abolición del colegio electoral se ha hecho imprescindible para que el sistema garantice que la persona que gane el voto popular gane realmente la presidencia”. En el campo judicial, ha propuesto la limitación de mandatos de los jueces del Tribunal Supremo, lo cual “aumentaría la rotación de los nombramientos y posiblemente moderaría la polarización de los tribunales”.

Michael Ignatieff se ha atrevido con una sugerencia para huir de las posturas más radicales: “Los procesos de primarias en los partidos políticos podrían reformarse para producir candidatos menos extremistas”.  Por último, Ignatieff ha considerado que “las comisiones no partidistas de delimitación de distritos, una característica común en tantas democracias, podrían ayudar a Estados Unidos a escapar de la cada vez más grotesca manipulación partidista de los distritos electorales”.

Durante su intervención en la Fundación Ramón Areces, Ignatieff, que fue miembro del Parlamento de Canadá y líder del Partido Liberal de su país, ha intentado responder a la clásica -y muy actual- pregunta de qué entendemos por democracia y si este concepto está en peligro. “El autogobierno democrático es una discusión interminable sobre qué es la democracia. Si una medida es o no democrática es una pregunta recurrente. Vivimos en democracias sin ponernos finalmente de acuerdo sobre qué es la democracia”. Y ha añadido: “La cuestión fundamental es quién, en nombre del pueblo, debe gobernar: ¿los políticos, los burócratas o los jueces? Estos choques de principios y jurisdicción son rasgos permanentes de un sistema democrático, una característica, no un defecto”.

En principio, sobre el papel, todo resulta aparentemente sencillo: “Cuando el sistema funciona como debe, cada actor en su papel -políticos, abogados, reguladores, burócratas, prensa libre- hace su trabajo, respeta las prerrogativas de los demás, se mantiene al margen y, cuando chocan, como ocurre de vez en cuando, acepta una resolución política o legal del conflicto”. Y se ha atrevido con una especie de definición de lo que entendemos por democracia: “Es un concierto improvisado de fuentes de poder contrapuestas en constante evolución y cambio. ¿Cómo podría ser de otro modo si la libertad de sus miembros es su objetivo último y su razón de ser?”

Ignatieff, discípulo del politólogo y filósofo liberal británico Isaiah Berlin, ha glosado diferentes ejemplos de cómo los enfrentamientos entre los líderes políticos van a más en diferentes países, desde Estados Unidos a Europa. Y ha advertido: “La democracia consiste en ganarse a los oponentes y construir alianzas con personas con las que no se está de acuerdo. El sistema funciona cuando consideramos a los oponentes no como enemigos, sino como adversarios. Un adversario sólo quiere derrotarte y mañana puede ser tu aliado. En cambio, considerar al adversario como enemigo de la democracia hace imposible la persuasión y, a largo plazo, puede resultar peligroso para la propia democracia”.  

Durante su conferencia, Ignatieff ha recordado sus tiempos como político activo y no ha cesado en lanzar preguntas a la audiencia: “Cualquiera que haya estado en política, como yo, reconoce de inmediato las hipocresías y la falsa cortesía que los políticos democráticos utilizan para enmascarar y mitigar los odios en el corazón del juego”. Y ha intentado transmitir esas sensaciones al público: “Competimos por el poder entre nosotros, pero no cuestionamos la buena fe democrática de nuestros oponentes. Aceptamos, a veces con los dientes apretados, que el otro es un demócrata, alguien que se atiene a las reglas y acepta el resultado de las elecciones, gane o pierda.  Hoy no es así, ni en Estados Unidos ni en las democracias de todo el mundo. Las propias reglas de la democracia están en entredicho, el compromiso de los principales competidores con estas reglas es objeto de disputa. Por primera vez, los estadounidenses se enfrentan a unas elecciones en las que no sólo uno, sino los dos candidatos cuestionan las credenciales democráticas del otro.  ¿Cumplirán las normas?  ¿Aceptarán el resultado, ganen o pierdan? Por primera vez, la propia democracia está en juego, y el compromiso real de los candidatos de respetar los resultados democráticos no está claro desde el principio. Mi pregunta es: ¿puede sobrevivir una democracia cuando dos competidores por el poder niegan que el otro sea demócrata?”

En ese momento, ha recordado también el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021: “Para millones de estadounidenses, la insurrección fue un despreciable asalto a la democracia. Cientos de los detenidos por ofensas ese día han sido condenados a prisión.  Pero para otros millones, probablemente un número menor, pero aun así considerable, fue un levantamiento patriótico para defender la democracia contra un intento injusto de ratificar unas elecciones robadas”. “Aquellos insurrectos que vestían trajes de Sam Adams del siglo XVIII aquel día no estaban simplemente disfrazándose. Pretendían dotar a la violencia de legitimidad democrática”.

¿Qué podemos esperar entonces del proceso electoral a la Casa Blanca de este próximo noviembre? “Si el resultado es ajustado, si un bando gana el voto popular y el otro el colegio electoral, el asunto puede acabar ante el Tribunal Supremo”, ha pronosticado el autor de ‘On Consolation: Finding Solace in Dark Times’, su libro más reciente. “Si ambas partes salen de 2024 creyendo que les han robado, el asunto podría acabar resolviéndose en la calle. Para evitar este temido desenlace, sólo cabe esperar que uno de los contendientes esté dispuesto, aunque sea a regañadientes, a anteponer los intereses del sistema democrático a su propio y amargo sentimiento de agravio en la derrota.  Pero esto significa que el futuro de la democracia en América ya no dependería del buen sentido del pueblo, ni siquiera de la sabiduría de los Padres Fundadores de América y de la intrincada maquinaria que legaron a las edades futuras, sino de la virtud de uno u otro de los dos implacables competidores. Nunca es demasiado tarde para confiar en la virtud, pero es, en el mejor de los casos, una apuesta de lo más incierta”.

Perfil de Michael Ignatieff

Escritor, historiador y ex político canadiense, actualmente catedrático de Historia y Rector Emérito de la Universidad Centroeuropea de Viena, se licenció en Historia en la Universidad de Toronto y se doctoró en la Universidad de Harvard. Desde entonces, ha ocupado cargos académicos en la Universidad de Columbia Británica, el King's College de Cambridge, el St. Antony's College de Oxford y la Universidad de Harvard, donde fue Catedrático Edward R. Murrow de Práctica de la Prensa, Política y Políticas Públicas en la Harvard Kennedy School. En su carrera política, fue miembro del Parlamento de Canadá y líder del Partido Liberal de Canadá. Entre sus libros, destaca una biografía de Isaiah Berlin, así como estudios sobre la guerra étnica y el nacionalismo étnico en ‘Blood and Belonging’ y ‘The Warrior's Honour’. Su libro más reciente es ‘On Consolation: Finding Solace in Dark Times’

 

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